En algún punto conformamos dos extremos el opuesto sentimiento que se atrae, como el amor que de tanto alejarnos nos encuentra juntos del otro lado y se contrae.
Me dejo ir hacia la tempestad, afuera hay frío y hay noche y creo que a veces es bueno saber llegar. Camino bajo el latido del pensamiento intentando adivinar cual será la luna que nos vuelva a encontrar.
Me suspendo en el tiempo y me vuelvo a repetir: no se culpe a nadie por el olvido, no se culpe a nadie por no saber amar.
Vos, la luna, el helado, los libros, la musica el mar, la mesa en la penunmbra en el bar, la madrugada, el perro vagabundo que nos sigue, la risa contagiosa, el silencio, las manos, las sabanas, el hasta siempre. Una larga lista en la columna del haber en mi libro diario.
Vuelvo a la noche y me impregno de ella. No se moverme mejor en otro lado como en la oscuridad. Allí no temo mostrar lo que no tengo. El frío y el vaso vacío me confirman una vez más que el espectro ya es parte de mí, aunque lo niegue.
Me vendo al mejor postor como la mejor manzana, me visto prolijamente y me convenzo: soy lo más parecido a mi misma cuando llega la mañana.